viernes, 13 de abril de 2012

Mitos y Libros.

Aún recuerdo cuando me decían:

¿Y de qué te sirve leer? ¿Y para qué escribir, el hecho de que escribas no te dará de comer, consíguete un trabajo formal? Como si lo hiciera por dinero; también recuerdo cuando un viejo amigo de la infancia me decía: "Aprende a elegir los libros que leerás pues de ellos dependerá si eres de los que se burlan o de quienes se burlan"  y así pasó la vida y fueron pasando días así como también mi cantidad de libros leídos. Después de leer cien, mil, diez mil libros en el pequeño transcurso de mi vida un día me detuve a pensar y reflexionando me pregunté "¿Qué he leído?" Mi respuesta fue "Nada". 
Es más podría decir: "Yo solo se que no he leído nada",  después de el hecho de haber leído miles de libros, y les juro que no es un acto de fingida modestia: sino es rigurosamente un dato totalmente exacto.  De toda la literatura universal, qué es lo que yo he podido llegar a leer; nada, ni un 10 %.

Gracias a esto lo que realmente llegué a concordar es que un libro te enseña eso; a ser un ignorante a sabiendas, con una total y plena aceptación. Los libros nos ayudan a dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.

Quizá la experiencia así como finalidad de un libro es el único acceso que aún tenemos y nos lleva a la totalidad que nos llama con gritos agudos, y oxímoronicamente nos pierde al por igual, con desmedidas ambiciones totalitarias de saber más. Quizá toda experiencia de infinitud que un libro nos llega a dar es ilusoria, y no precisamente como erróneamente se puede llegar a pensar el leer sea una experiencia de finitud. Es por eso, que a mi criterio la medida de la lectura no debe manifestarse por el número de libros leídos, sino jerárquicamente el estado en que nos dejan.

De todas formas: ¿Qué importa si uno es culto o no lo es, de que sirve si se está al día o si se ha leído todos los libros habidos y por haber? Lo que importa es cómo se mira, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer un libro.  Entonces llegamos a un punto en el que se puede afirmar que sí, el leer nos hace, físicamente, más reales.

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